
LO QUE DIOS OBRA EN EL BAUTISMO
7. El bautismo une al cristiano con Cristo, pero también lo une con los demás cristianos. Quien es hecho hijo de Dios es adoptado en la familia de Dios; quien pertenece a Cristo es unido a su cuerpo, que es la Iglesia de Jesucristo, nuestro Señor. Ya no está solo, porque ahora es parte del pueblo de Dios. «En otro tiempo ni siquiera erais un pueblo, ahora sois el pueblo de Dios; vosotros, que antes no habíais recibido misericordia, ahora habéis recibido misericordia» (1 Pedro 2:10).
8. Así lo confiesa la Iglesia Española: «Los que debidamente reciben el bautismo son injertados en la Iglesia; las promesas del perdón de pecados y de nuestra adopción como hijos de Dios por el Espíritu Santo son visiblemente firmadas y selladas» (Doctrina Cristiana de la Iglesia Española, art. 27). Recibir debidamente el bautismo es recibirlo con fe: la del que lo pide, o —en el caso de los niños, que también pertenecen a la promesa hecha a los creyentes y a sus hijos— la de la Iglesia y los padres que los presentan y prometen criarlos en el temor del Señor, hasta que ellos mismos confiesen la fe que les fue sellada. Y la Iglesia Española no lo confiesa sola, sino con toda la santa Iglesia Católica, que enseña igualmente que el bautismo es «la señal de iniciación por la cual somos recibidos en la sociedad de la Iglesia para que, injertados en Cristo, seamos contados entre los hijos de Dios» (Calvino, Institución de la Religión Cristiana IV, 15, 1).
9. Quien desciende a las aguas no desciende solo: lo lleva la Iglesia y lo recibe el Padre. Y a quien emerge de ellas, Dios lo hace hermano de una multitud que nadie puede contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua (cf. Apocalipsis 7:9). Porque el bautismo lo une a la muerte y a la resurrección de Cristo: sepultado con él para que, así como Cristo resucitó, también él ande en vida nueva (cf. Romanos 6:3-4). Esa vida nueva es la que ha de recorrer hasta el día en que se reúna con Cristo.
10. Nada de esto lo logra el hombre por sí solo, ni podría lograrlo: Dios lo hace movido únicamente por su misericordia, conforme a sus designios. «Nos salvó, no por obras que hubiéramos hecho nosotros conforme a la justicia, sino según su misericordia, con el baño regenerador y renovador del Espíritu Santo» (Tito 3:5): lavamiento que el Espíritu Santo obra mediante el agua unida a la Palabra, y que nunca ha de atribuirse al agua en sí misma, sino a Dios, que en ella actúa. Antes de que el hombre pudiera buscar a Dios, el Señor ya lo había buscado; antes de que el hombre pudiera ofrecerle nada, Dios ya se lo había dado todo. Así lo enseñaban los cristianos españoles: todo el bien del cristiano nace de la pura bondad de Dios, que se adelanta a cualquier mérito del hombre (cf. Ponce de la Fuente, Suma de doctrina cristiana, 1543).
11. Por eso el bautismo no es una obra que el hombre exhibe ante Dios: es la obra que Dios realiza en el hombre. Allí responde el cristiano, ciertamente, pidiendo a Dios una buena conciencia (cf. 1 Pedro 3:21) —respuesta que el niño hace suya cuando, llegada la edad, confiesa por sí mismo la fe en que fue bautizado—; pero aun esa respuesta es fruto de la gracia que la precede. Porque primero desciende el Padre hasta el pecador, y solo entonces puede el pecador levantar la voz hacia el cielo.
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