I. TU NOMBRE
1. En el bautismo, Dios pone su Nombre sobre el cristiano. Según la antigua costumbre de la Iglesia, ese es también el día en que se le da su nombre de pila; pero lo que allí se recibe no es en primer lugar un nombre humano, sino el Nombre divino declarado sobre él cuando las aguas son derramadas, como ordenó el Señor: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (cf. Mateo 28:19). Con ese Nombre, Dios sella visiblemente su promesa: que en Cristo hay perdón de pecados, adopción y vida nueva. Y esa promesa, sellada en el agua, se recibe y se posee por la fe.2. Quien así ha sido marcado con el Nombre de Dios ya no se pertenece a sí mismo: por la fe en esa promesa, pertenece a Cristo y lleva su identidad como el siervo lleva la de su señor —basta mirar la marca de un siervo para saber quién es su señor—. San Juan Crisóstomo decía a los recién bautizados que esa es su mayor dignidad: ya no se identifican según el mundo, sino según Aquel de quien son y para quien viven (Catequesis bautismales III, 5). Y lo que el bautismo señala, el Espíritu lo obra en el corazón, en el tiempo que Dios ha determinado.
3. Por eso el cristiano nunca es un desconocido delante de Dios. Aunque nadie en la tierra sepa quién es, el cielo sí lo sabe, porque el Señor conoce a los que son suyos. Nadie los arrebatará de su mano (cf. Juan 10:27-29), y su verdadero motivo de gozo no está en lo que puedan hacer o llegar a ser, sino en que sus nombres están escritos en los cielos (cf. Lucas 10:20). Esta certeza no descansa en el agua recibida, sino en la fidelidad de Aquel que prometió. Y el mismo sello que dice «conoce el Señor a los que son suyos» dice también: «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor» (cf. 2 Timoteo 2:19). Así, el bautizado es llamado a vivir de esa promesa toda su vida, aferrándose a ella por la fe y apartándose del mal.
4. Si el nuevo discípulo pertenece a Cristo, su vida ya no es suya para hacer con ella lo que quiera. Ha sido comprada por el mayor precio posible: la sangre de Cristo. Jesucristo adquirió la vida de sus discípulos con su muerte y la selló con su Espíritu. «No son sus propios dueños; fueron comprados por un precio» (1 Corintios 6:19-20). Así lo confiesa Lutero con palabras que todo cristiano puede hacer suyas: Cristo «me ha redimido, comprado y ganado, no con oro ni plata, sino con su santa y preciosa sangre, para que yo sea suyo» (Catecismo Menor, art. II).
5. Pero esta pertenencia no es la esclavitud del pecado, de la que fuimos librados. Los que Cristo compró, los hizo también hijos: nos rescató de un dueño cruel para darnos un Padre. Y el servicio que ahora le debemos, libres del pecado, es ser siervos de la justicia (cf. Romanos 6:17-22); y no hay dignidad mayor que llevar el nombre del Señor. Jesucristo pagó por nosotros con su propia muerte porque nos ama con un amor más fuerte que la muerte; y de ese amor, quienes están en Cristo no podrán ser separados por nada: «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (cf. Romanos 8:38-39).
6. En el bautismo, por tanto, el cristiano no solo recibe un nombre de pila. Recibe una promesa de Dios y una esperanza en Cristo que nada en el cielo ni en la tierra puede quitarle. Es, así, el inicio de la vida cristiana.
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