dilluns, de juliol 20, 2026

LO QUE DIOS OBRA EN EL BAUTISMO | Catecismo de Benissa


LO QUE DIOS OBRA EN EL BAUTISMO

7. El bautismo une al cristiano con Cristo, pero también lo une con los demás cristianos. Quien es hecho hijo de Dios es adoptado en la familia de Dios; quien pertenece a Cristo es unido a su cuerpo, que es la Iglesia de Jesucristo, nuestro Señor. Ya no está solo, porque ahora es parte del pueblo de Dios. «En otro tiempo ni siquiera erais un pueblo, ahora sois el pueblo de Dios; vosotros, que antes no habíais recibido misericordia, ahora habéis recibido misericordia» (1 Pedro 2:10).

8. Así lo confiesa la Iglesia Española: «Los que debidamente reciben el bautismo son injertados en la Iglesia; las promesas del perdón de pecados y de nuestra adopción como hijos de Dios por el Espíritu Santo son visiblemente firmadas y selladas» (Doctrina Cristiana de la Iglesia Española, art. 27). Recibir debidamente el bautismo es recibirlo con fe: la del que lo pide, o —en el caso de los niños, que también pertenecen a la promesa hecha a los creyentes y a sus hijos— la de la Iglesia y los padres que los presentan y prometen criarlos en el temor del Señor, hasta que ellos mismos confiesen la fe que les fue sellada. Y la Iglesia Española no lo confiesa sola, sino con toda la santa Iglesia Católica, que enseña igualmente que el bautismo es «la señal de iniciación por la cual somos recibidos en la sociedad de la Iglesia para que, injertados en Cristo, seamos contados entre los hijos de Dios» (Calvino, Institución de la Religión Cristiana IV, 15, 1).

9. Quien desciende a las aguas no desciende solo: lo lleva la Iglesia y lo recibe el Padre. Y a quien emerge de ellas, Dios lo hace hermano de una multitud que nadie puede contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua (cf. Apocalipsis 7:9). Porque el bautismo lo une a la muerte y a la resurrección de Cristo: sepultado con él para que, así como Cristo resucitó, también él ande en vida nueva (cf. Romanos 6:3-4). Esa vida nueva es la que ha de recorrer hasta el día en que se reúna con Cristo.

10. Nada de esto lo logra el hombre por sí solo, ni podría lograrlo: Dios lo hace movido únicamente por su misericordia, conforme a sus designios. «Nos salvó, no por obras que hubiéramos hecho nosotros conforme a la justicia, sino según su misericordia, con el baño regenerador y renovador del Espíritu Santo» (Tito 3:5): lavamiento que el Espíritu Santo obra mediante el agua unida a la Palabra, y que nunca ha de atribuirse al agua en sí misma, sino a Dios, que en ella actúa. Antes de que el hombre pudiera buscar a Dios, el Señor ya lo había buscado; antes de que el hombre pudiera ofrecerle nada, Dios ya se lo había dado todo. Así lo enseñaban los cristianos españoles: todo el bien del cristiano nace de la pura bondad de Dios, que se adelanta a cualquier mérito del hombre (cf. Ponce de la Fuente, Suma de doctrina cristiana, 1543).

11. Por eso el bautismo no es una obra que el hombre exhibe ante Dios: es la obra que Dios realiza en el hombre. Allí responde el cristiano, ciertamente, pidiendo a Dios una buena conciencia (cf. 1 Pedro 3:21) —respuesta que el niño hace suya cuando, llegada la edad, confiesa por sí mismo la fe en que fue bautizado—; pero aun esa respuesta es fruto de la gracia que la precede. Porque primero desciende el Padre hasta el pecador, y solo entonces puede el pecador levantar la voz hacia el cielo.

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EL QUE DÉU OBRA EN EL BAPTISME | Catecisme de Benissa


 
EL QUE DÉU OBRA EN EL BAPTISME


7. El baptisme unix el cristià amb Crist, però també l'unix amb els altres cristians. Qui és fet fill de Déu és adoptat en la família de Déu; qui pertany a Crist és unit al seu cos, que és l'Església de Jesucrist, Senyor nostre. Ja no està sol, perquè ara és part del poble de Déu. «En un altre temps ni tan sols éreu un poble, ara sou el poble de Déu; vosaltres, que abans no havíeu rebut misericòrdia, ara heu rebut misericòrdia» (1 Pere 2:10).
 
8. Així ho confessa l'Església Valenciana: «Els que degudament reben el baptisme són empeltats en l'Església; les promeses del perdó de pecats i de la nostra adopció com a fills de Déu per l'Esperit Sant són visiblement firmades i segellades» (Doctrina Cristiana de l'Església Valenciana, art. 27). Rebre degudament el baptisme és rebre'l amb fe: la del qui el demana, o —en el cas dels xiquets, que també pertanyen a la promesa feta als creients i als seus fills— la de l'Església i els pares que els presenten i prometen criar-los en el temor del Senyor, fins que ells mateixos confessen la fe que els fon segellada. I l'Església Valenciana no ho confessa a soles, sinó amb tota la santa Església Catòlica, que ensenya igualment que el baptisme és «el senyal d'iniciació pel qual som rebuts en la societat de l'Església perquè, empeltats en Crist, siguem comptats entre els fills de Déu» (Calví, Institució de la Religió Cristiana IV, 15, 1).

9. Qui davalla a les aigües no davalla a soles: el porta l'Església i el rep el Pare. I a qui emergix d'elles, Déu el fa germà d'una multitud que ningú no pot comptar, de tota nació, tribu, poble i llengua (cf. Apocalipsi 7:9). Perquè el baptisme l'unix a la mort i a la resurrecció de Crist: sepultat amb ell perquè, així com Crist ressuscità, també ell camine en vida nova (cf. Romans 6:3-4). Eixa vida nova és la que ha de recórrer fins al dia en què es reunisca amb Crist.

10. Res d'açò no ho aconseguix l'home per si sol, ni podria aconseguir-ho: Déu ho fa mogut únicament per la seua misericòrdia, conforme als seus designis. «Ens salvà, no per obres que haguérem fet nosaltres conforme a la justícia, sinó segons la seua misericòrdia, amb el bany regenerador i renovador de l'Esperit Sant» (Titus 3:5): llavament que l'Esperit Sant obra mitjançant l'aigua unida a la Paraula, i que mai no s'ha d'atribuir a l'aigua en si mateixa, sinó a Déu, que en ella actua. Abans que l'home poguera buscar Déu, el Senyor ja l'havia buscat; abans que l'home poguera oferir-li res, Déu ja li ho havia donat tot. Així ho ensenyaven els cristians: tot el bé del cristià naix de la pura bondat de Déu, que s'avança a qualsevol mèrit de l'home (cf. Ponce de la Fuente, Suma de doctrina cristiana, 1543).

11. Per això el baptisme no és una obra que l'home exhibix davant de Déu: és l'obra que Déu realitza en l'home. Allí respon el cristià, certament, demanant a Déu una bona consciència (cf. 1 Pere 3:21) —resposta que el xiquet fa seua quan, arribada l'edat, confessa per si mateix la fe en què fon batejat—; però fins i tot eixa resposta és fruit de la gràcia que la precedix. Perquè primer davalla el Pare fins al pecador, i només aleshores pot el pecador alçar la veu cap al cel.

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divendres, de juliol 17, 2026

EL INICIO | Catecismo de Benissa


I. TU NOMBRE


1. En el bautismo, Dios pone su Nombre sobre el discípulo. Según la antigua costumbre de la Iglesia, ese es también el día en que se le da su nombre de pila; pero lo que allí se recibe no es en primer lugar un nombre humano, sino el Nombre divino declarado sobre él cuando las aguas son derramadas, como ordenó el Señor: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (cf. Mateo 28:19). Con ese Nombre, Dios sella visiblemente su promesa que se hace realidad por la fe: en Cristo hay perdón de pecados, adopción y vida nueva. Y Dios llama al discípulo a esa promesa, sellada en el agua, en la cual es «hecho un miembro de Cristo, el Hijo de Dios, y heredero del reino de los cielos» (Catecismo de Doctrina Cristiana, Iglesia Española).

2. Quien así ha sido marcado con el Nombre de Dios ya no se pertenece a sí mismo: por la fe en esa promesa, pertenece a Cristo y lleva su identidad como el siervo lleva la de su señor —basta mirar la marca de un siervo para saber quién es su señor—. San Juan Crisóstomo decía a los recién bautizados que esa es su mayor dignidad: ya no se identifican según el mundo, sino según Aquel de quien son y para quien viven (Catequesis bautismales III, 5). Y Dios no da signos vacíos: lo que el bautismo significa, eso mismo ofrece y da; no por virtud del agua en sí ni por la dignidad del ministro, sino por el poder del Espíritu Santo conforme a la promesa, y se recibe por fe.

3. Por eso el cristiano nunca es un desconocido delante de Dios. Aunque nadie en la tierra sepa quién es, el cielo sí lo sabe, porque el Señor conoce a los que son suyos. A quienes son de Cristo nadie los arrebatará de su mano (cf. Juan 10:27-29), y su verdadero motivo de gozo no está en lo que puedan hacer o llegar a ser, sino en que sus nombres están escritos en los cielos (cf. Lucas 10:20). Esta certeza no descansa en el agua recibida ni en el sentimiento del creyente, sino en la fidelidad de Aquel que prometió. Y el mismo sello que dice «conoce el Señor a los que son suyos» dice también: «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor» (cf. 2 Timoteo 2:19). Así, el discípulo es llamado a vivir de esa promesa toda su vida, aferrándose a ella por la fe y apartándose del mal; porque quien desprecia la promesa que le fue sellada no encuentra provecho en haber recibido el sacramento.

4. Si el discípulo pertenece a Cristo, su vida ya no es suya para hacer con ella lo que quiera. Ha sido comprada por el mayor precio posible: la sangre de Cristo. Jesucristo adquirió la vida de sus discípulos con su muerte y la selló con su Espíritu. «No son sus propios dueños; fueron comprados por un precio» (1 Corintios 6:19-20). Así lo confiesa Lutero con palabras que todo cristiano puede hacer suyas: Cristo «me ha redimido, comprado y ganado, no con oro ni plata, sino con su santa y preciosa sangre, para que yo sea suyo» (Catecismo Menor, art. II).

5. Pero esta pertenencia no es la esclavitud del pecado, de la que fuimos librados. Los que Cristo compró, los hizo también hijos: nos rescató de un dueño cruel para darnos un Padre. Y el servicio que ahora le debemos, libres del pecado, es ser siervos de la justicia (cf. Romanos 6:17-22); y no hay dignidad mayor que llevar el nombre del Señor. Jesucristo pagó por nosotros con su propia muerte porque nos ama con un amor más fuerte que la muerte; y de ese amor, quienes están en Cristo no podrán ser separados por nada: «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (cf. Romanos 8:38-39).

6. En el bautismo, por tanto, el cristiano no solo recibe un nombre de pila. Recibe una promesa de Dios y una esperanza en Cristo que nada en el cielo ni en la tierra puede quitarle. Es, así, el inicio de la vida cristiana.

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L'INICI | Catecisme de Benissa


I. EL TEU NOM


1. En el baptisme, Déu posa el seu Nom sobre el deixeble. Segons l'antic costum de l'Església, eixe és també el dia en què se li dona el seu nom de pila; però el que allí es rep no és en primer lloc un nom humà, sinó el Nom diví declarat sobre ell quan les aigües són vessades, com ordenà el Senyor: «En el nom del Pare, i del Fill, i de l'Esperit Sant» (cf. Mateu 28:19). Amb eixe Nom, Déu segella visiblement la seua promesa, que es fa realitat per la fe: en Crist hi ha perdó de pecats, adopció i vida nova. I Déu crida el deixeble a eixa promesa, segellada en l'aigua, en la qual és «fet un membre de Crist, el Fill de Déu, i hereu del regne dels cels» (Catecisme de Doctrina Cristiana, Església Espanyola).

2. Qui així ha sigut marcat amb el Nom de Déu ja no es pertany a si mateix: per la fe en eixa promesa, pertany a Crist i porta la seua identitat com el servent porta la del seu senyor —només cal mirar la marca d'un servent per a saber qui és el seu senyor—. Sant Joan Crisòstom deia als acabats de batejar que eixa és la seua major dignitat: ja no s'identifiquen segons el món, sinó segons Aquell de qui són i per a qui viuen (Catequesis baptismals III, 5). I Déu no dona signes buits: el que el baptisme significa, això mateix oferix i dona; no per virtut de l'aigua en si ni per la dignitat del ministre, sinó pel poder de l'Esperit Sant conforme a la promesa, i es rep per fe.

3. Per això el cristià mai no és un desconegut davant de Déu. Encara que ningú en la terra sàpia qui és, el cel sí que ho sap, perquè el Senyor coneix els que són seus. Als qui són de Crist ningú no els arrabassarà de la seua mà (cf. Joan 10:27-29), i el seu verdader motiu de goig no està en el que puguen fer o arribar a ser, sinó en el fet que els seus noms estan escrits en els cels (cf. Lluc 10:20). Esta certesa no descansa en l'aigua rebuda ni en el sentiment del creient, sinó en la fidelitat d'Aquell que prometé. I el mateix segell que diu «coneix el Senyor els que són seus» diu també: «Que s'aparte de la iniquitat tot aquell que invoca el nom del Senyor» (cf. 2 Timoteu 2:19). Així, el deixeble és cridat a viure d'eixa promesa tota la seua vida, aferrant-se a ella per la fe i apartant-se del mal; perquè qui menysprea la promesa que li fon segellada no troba profit en haver rebut el sagrament.

4. Si el deixeble pertany a Crist, la seua vida ja no és seua per a fer amb ella el que vullga. Ha sigut comprada pel major preu possible: la sang de Crist. Jesucrist adquirí la vida dels seus deixebles amb la seua mort i la segellà amb el seu Esperit. «No són els seus propis amos; foren comprats per un preu» (1 Corintis 6:19-20). Així ho confessa Luter amb paraules que tot cristià pot fer seues: Crist «m'ha redimit, comprat i guanyat, no amb or ni argent, sinó amb la seua santa i preciosa sang, perquè jo siga seu» (Catecisme Menor, art. II).

5. Però esta pertinença no és l'esclavitud del pecat, de la qual fórem alliberats. Els que Crist comprà, els feu també fills: ens rescatà d'un amo cruel per a donar-nos un Pare. I el servici que ara li devem, lliures del pecat, és ser servents de la justícia (cf. Romans 6:17-22); i no hi ha dignitat major que portar el nom del Senyor. Jesucrist pagà per nosaltres amb la seua pròpia mort perquè ens estima amb un amor més fort que la mort; i d'eixe amor, els qui estan en Crist no podran ser separats per res: «ni la mort ni la vida, ni els àngels ni els dimonis, ni el present ni el que ha de vindre, ni els poders, ni l'altura ni la profunditat, ni cap altra cosa en tota la creació, podrà apartar-nos de l'amor que Déu ens ha manifestat en Crist Jesús, Senyor nostre» (cf. Romans 8:38-39).

6. En el baptisme, per tant, el cristià no sols rep un nom de pila. Rep una promesa de Déu i una esperança en Crist que res en el cel ni en la terra no li pot llevar. És, així, l'inici de la vida cristiana.

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